La verdad es que, además de su presencia y de la exposición de sus objetivos, no es mucho lo que Obama puede hacer en estos momentos para que Copenhague culmine con éxito el objetivo con el que se convocó: la redacción de un tratado internacional legalmente vinculante que sustituya a los acuerdos de Kioto.

Obama acudirá a la cumbre sin el instrumento que él mismo había exigido como condición para firmar un tratado de esas características: una ley para la reducción de la emisión de gases en Estados Unidos. El presidente norteamericano no quiere repetir la experiencia de Bill Clinton, cuyo respaldo a Kioto nunca fue ratificado por el Congreso.

Las posibilidades de que el Congreso estadounidense apruebe una legislación sobre el cambio climático previa a la conferencia de la ONU siguen siendo las mismas que antes de que se conociera el viaje de Obama, es decir, casi nulas.

En su defecto, el presidente norteamericano se limitará a exponer los objetivos recogidos en el proyecto de ley que fue aprobado en junio por la Cámara de Representantes y que reposa desde entonces en un cajón del Senado.

Esos objetivos son: la reducción para 2020 del 17% de las emisiones con respecto a los niveles de 2005, una reducción del 30% para 2025, un 42% para 2030 y un 83% para 2050.

Esas metas representan un enorme avance si se comparan con la situación en la que Estados Unidos se encontraba hace apenas dos años, cuando ni siquiera reconocía la responsabilidad del desarrollo humano en el cambio climático.

El principal inconveniente para el progreso de Estados Unidos en esta materia no es, sin embargo, el punto de vista de Europa, sino la actitud de los grandes países emergentes con los que actualmente compite la economía norteamericana, como Brasil, India, Indonesia y, particularmente, China.

Es difícil que el Congreso estadounidense adopte medidas audaces para la reducción de emisiones si esas medidas no van acompasadas por otras en Pekín. Obama ha tratado en las últimas semanas de allanar el terreno para ello, pero con un éxito muy relativo.

En su reciente visita a China, Obama consiguió que los dos países expusieran de forma conjunta su preocupación por el cambio climático y su voluntad de negociar instrumentos para combatirlo. Pero no alcanzó, al menos públicamente, acuerdos concretos para salvar Copenhague.

De hecho, unos días antes, durante la presencia de Obama y Hu en la cumbre de la Asociación Asia-Pacífico en Singapur, todos los participantes en ese evento comunicaron al primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, que sería imposible conseguir un tratado legalmente vinculante en la conferencia de la ONU.

En su lugar y para sacar adelante en lo posible la reunión, las delegaciones -incluidos Estados Unidos y China- negocian ahora un acuerdo de carácter político, un compromiso para seguir discutiendo sobre un texto legal con vistas a la siguiente conferencia del clima, prevista para el próximo año en México.

Un compromiso así, que podría verse facilitado por la presencia de Obama en Copenhague, le serviría al presidente norteamericano para presionar al Congreso a actuar. En última instancia, no obstante, sería necesario llegar a un acuerdo con China para que la promesa de reducción de emisiones llegara a ser una realidad.

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